El gato Negro (Edgar Allan Poe)

  • Disco : El gato Negro (2009)
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Letra
De niño fuí muy bueno, ingenuo y retraído,
el traidor amor de mis amigos se había ido,
siempre fuí decaído,
se reían de mí y no conmigo mas yo era felíz si a un animal daba cariño,
su generoso y genuino amor me hacía sentir vivo,
ese amor llega directo al corazón de un niño sobre todo si ya probó la falsa amistad del hombre,
un ser que yo defino como egoísta y abusivo.
Yo me casé joven, con mi mujer todo iba bien, teníamos peces, pájaros un perro y un gato también.
El gato era hermoso, todo negro, majestuoso.
Era mi camarada, era mi amigo, era fiel y cariñoso.
Solo yo lo alimentaba y me seguía a todas partes,
nuestra amistad era intrañable hasta que mi carácter,
por el demonio de la interperancia se hizo insoportable,
día a día me puse más irritable. 

Una noche que volví a casa borracho,
me pareció que pluto me evitaba mucho,
lo agarré y asustado por mi violencia luchó,
me mordió la mano y ahí de mí se apoderó una maldad diabólica impulsada por el vino que estremeció cada fibra de mi ser,
así yo, fuí por un cuchillo,
sostuve al gato del cuello y deliberadamente hice mierda su ojo,
le arranqué el brillo.
siento vergüenza y tiemblo al confesar tan horrible evento,
el demonio de la interperancia estaba despierto, dentro de mí, satisfecho y riendo. 

Cuando mi razón volvió con la mañana el remordimiento devoraba mis entrañas pero le faltaron ganas,
no alcanzó a tocar mi alma, así que ahogué con vino esos recuerdos, fue como si nada.
El gato mejoraba lentamente, aunque la cuenca de su ojo sangraba frecuentemente,
al menos su dolor no era evidente, aunque al verme, huía de mí, obvio, ya nada era como antes. 

Me sentía agraviado por la antipatía que me tenía un animal que antes tanto me quería,
hasta que entró en mí el demonio de la perversidad que es inherente al hombre tanto como lo es la soledad,
dime, quién no ha hecho el mal por el gusto de hacerlo?,
romper el reglamento tan solo por tenerlo,
es tendencia natural no querer, no aceptar lo impuesto y transgradir pues acatar siempre es molesto,
ese anhelo intrínsico del mal por el mal mismo,
me empujó unido al demonio de mi alcoholismo
y a lo irritable que me ponía la antipatía del animal a consumar el suplicio inflinjido en modo criminal. 

Una mañana a sangre fría, confieso, le pasé un lazo por el pescuezo,
con lágrimas en los ojos y remordimiento en los huesos lo ahorqué en la rama de un cerezo,
lo ahorqué porque lo había querido, porque no habían motivos,
porque sabía que la moral lo había prohibido,
porque era un pecado definitivo más allá de la piedad de cualquier dios, sea piadoso o vengativo. 

Esa noche me retorcí bebiendo bajo la luz de la vela hasta que me despertaron unos gritos de afuera,
mi casa envuelta en llamas caía, ardía entera.
Mi mujer me salvó a mí del fuego y de la borrachera.
Al día siguiente visitamos las ruínas, una multitud las rodeaba sorprendida.
En la pared del fondo de la cocina la imágen de un gato colgado estaba extraordinariamente definida. 

Mi mujer comprendió así que Pluto había muerto en el incendio,
pero yo, avergonzado en una culpa torturadora implacable y clandestina
era víctima de las apariciones repentinas y súbitas del fantasma de mi ex amig,
en todos mis pensamientos y en todos mis actos,
ese fantasma me perseguía, me perseguía... 

Hasta que una noche medio borracho en un bar ví un gato enorme que no me dejaba de mirar,
era igual a Pluto excepto en algo, Pluto era completamente negro y este tenía el pecho blanco.
Al acariciarlo me ronroneó de inmediato y quise quidarlo pa' aliviar la culpa por el otro gato,
pregunté al dueño del bar que si me lo vendía y me dijo que si tanto lo quería por luca había trato. 

Maldita sopresa al día siguiente al verlo,
el maldito gato al igual que Pluto era tuerto,
por eso mi mujer quiso más quererlo, no fue lo que pensé, lo odié, era ver al gato muerto.
Su incondicional afecto me irritaba,
lentamente ese sentimiento se fundió con la rabia,
gradualmente sentí repugnancia hacia él y empecé a huír en silencio de su afecto fiel. 

El cariño del gato hacía mí crecía, proporcionalmente a la aversión que por él yo sentía,
con una testarudez indescriptible me seguía,
siempre se me acercaba con sus repugnantes caricias,
pero no lo lastimé,
lo impidió el recuerdo inborrable del crímen y porque en mi mente un terrible temor hacia él nacía,
gracias a en parte a que en la mancha blanca y difusa de su pecho se definía con una rigurosa nitidez en sus contornos,
era atróz y siniestro, no me había librao' del monstruo!!!.

Con el terror y el remordimiento estaba preso.
La mancha era como la marca de un lazo al pescuezo,
esa bestia me producía tal angustia, antipatía, sueños horrorosos de día,
encarnada pesadilla, en mi corazón oprimía,
el maldito me forzaba a padecer su compañía. 

En la opresión de esos tormentos, de mi intímidad gozaban solo malos pensmientos,
los más retorcidos, los más perversos, la tristeza de mi mal humor se hizo aborrecimiento,
de todo y todos probocando en mí la amargura del odio, repentinas explosiones de furia y episodios frecuentes de ira desatada,
mi mujer fue víctima de mi rabia descontrolada. 

Un día bajando la escalera al sótano el gato se me enredó en los pies y casi caigo,
eso me detonó, envuelto en las llamas de la furia y del rencor tomé un hacha y casi le doy con toda la fuerza del dolor,
mi mujer desvió el golpe, sentí ira maniáca, y una explosión de rabia demoniáca con un ardor infernal como el de la peor tristeza dejé caer el hacha con la fuerza del infierno en su cabeza.
Cayó muerta a mis pies y yo casi sin saber a sangre fría pensé en cómo desaparecer el cadaver.
Descuartizarlo, enterrarlo, quemarlo, comerlo? uhmm... emparedarlo, la mejor solución pa' esconderlo. 

Demolí una pared y tras ella puse el cadaver tíbio,
luego la reconstruí ladrillo a ladrillo, miré conforme el trabajo, niún solo rastro,
limpié la sangre y de inmediato fuí en busca del monstruo. 

El astuto animal parecía haber huído,
es indescriptible el profundo y felíz sentimiento de alivio,
no apareció y por primera vez desde que llegó, esta noche dormí, descansé, se había ido!,
pasaron días...
Mi atormentador seguía ausente, respiré libre, había huído para siempre,
ahora estaba segura mi felicidad futura, no había amargura, no había peligro latente.

Vinieron policías para una rigurosa inspección,
registraron varias veces y me tomaron declaración,
no hayaron nada y quedaron satisfechos,
era tanto el goze que quemaba de placer mi pecho. 

Mi mujer me dejó, dije, y se lo creyeron,
disponíanse a marchar tranquilos pero no se fueron,
esque el júbilo de mí se apoderó,
ardía entero en deseos de decir una palabra de triúnfo al menos.

Caballeros, dije, cuando ya se iban,
me alegra haber disipado las sospechas de eso que investigan, por cierto, vieron bien mi casa?,
la solidéz de estas paredes tan bien construidas?,
entonces empujado por mi júbilo animal
y mi soberbia golpee sobre el muro tras el cual estaba el cadaver de mi esposa y ahí me congelé,
que Dios me proteja por lo que provoqué.
Apenas terminado el eco de mi golpe en el muro una voz me contestó desde la tumba,
estoy seguro, un quejido ahogado entre cortado como un llanto,
se convirtió en un largo, agudo y contínuo grito de espanto. 

Era anormal, inhumano, un aullido, un alarido que jumbroso era horror y triúnfo unidos,
como surgido en el infierno de la garganta de un condenado o de un demonio gozoso en la condena por mil pecados,
los policías paralizados por la angustia más profunda,
con vértigo caí mirando atónito la tumba y como de inmediato el muro derrumbaban
yo como nunca temblaba pues en frente de mí, ahí estaba,
de pie el cadaver de mi amada pudriéndose y cubierto de sangre coagulada,
ante nuestras espectantes miradas y sobre su cabeza con su enorme boca roja abierta estaba agazapada
la bestia con su único ojo de fuego,
su astucia al asesinato me llevó luego,
su horrible voz delatora al verdugo me entregó,
mi corazón de odio impregnó el maldito gato negro,
así comprendí que nunca habría paz, nunca.
Su maullido infernal en mi cabeza aún retumba,
mi esposa y la bestia se encontraban juntas,
yo había emparedado al monstruo en la tumba...

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